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El Caso de La Pelota Invisible – Cronopios Agencia de Prensa 2004

LA PELOTA DE LETRAS STAND UP COMEDY DE ANDRES LOPEZ.

EL CASO DE LA PELOTA INVISIBLE
Cronopios - Agencia de Prensa

Nota: El siguiente artículo se tomó de la versión original localizada en esta página.

La pelota de letras es el público, que brinca y rebota y se zangolotea y se escabulle intocable y vuelve contundente y tácita, golpea el rostro, ¡pum! en el orgullo, ¡zas! al arribista, ¡tenga! al papanatas... ¡Tome pa'que lleve todo el mundo!
La pelota de letras (recuerde que es el público) brinca y ríe, se carcajea y se sostiene la barriga de tanto juajuajuá: dos horas largas y vertiginosas de un ping-pong donde en el escenario se bota la pelota y en las butacas rebota la risotada como en un toma y daca de combustible bumeránico para un pueblo ostensiblemente necesitado de reír.
Si usted va a comprar ahora unas boletas para ver La pelota de letras en el Teatro Nacional La Castellana, de Bogotá (a 40 mil pesos cada una), le dirán que hasta dentro de un par de meses las localidades estarán agotadas. Y si se tiene en cuenta que lleva ya mucho tiempo en cartelera, no hay de otra sino preguntarse a qué se debe semejante éxito de una obra frívola y facilista como se supone que son esos engendros taquilleros que se montan para descrestar calentanos.
Pues en el caso concreto de La pelota de letras... ¡Oh, sorpresa! Más acá de lo trivial fulgura lo inteligente, más allá de lo taquillero está el sustento integral de un excelente comediante apoyado en un guión cuidadoso que no cae jamás en lo ramplón ni se apoya en el lugar común, aunque muchos lo supongan o sostengan.
Andrés López, su artífice, está hecho desde antes de salir al escenario. Como de boca en boca se sabe en la ciudad que su obra es una sola carcajada, desde el instante en que se abre el telón y sube el humo seco ya la gente está muerta de la risa... ¡y aplaudiendo! Nosotros, los escépticos, los criticones de las ligerezas, quietos en la butaca a ver de qué bobadas va a reírse el público. Y pronto, para qué negarlo, estamos en las mismas: el hombre se las ha ingeniado para hacer crítica profunda aunque parezca elemental y cándida, a esta sociedad de arribistas y borregos donde está claro que cada adolescente es empujado a sentirse por los menos de dos estratos más que su familia porque en el vertiginoso avance de la ciencia y la tecnología se ha impuesto la apariencia sobre la sapiencia. Generaciones vacías que van desde la W hasta la Z sin avergonzarse de su medianía, pasando impunemente del útero al sepulcro sin inaugurar el cerebro, sin celebrar la existencia del espíritu. Todos contra todos: los hijos odian a los padres, los padres se preguntan si esos monstruos indeseables son sus hijos, y todo sostenido en un perspicaz libreto donde la palabra y el proceso de los modismos como metamorfosis de la lengua es lo primero. Sutil sociólogo del verbo es este sorprendente histrión que sabe lo que hace.
Y como el pueblo necesita reír, al que no quiere caldo se le dan tres tazas: crítica directa y contundente que le hace carcajear pero no le sonroja, porque cada cual para escamotear su insuficiencia se cree de mejor familia; recorrido mordaz por una patria boba que más se emboba cada día, y una lección dialéctica para aprender a llamar pan al pan y al vino vino. No todo en el teatro tiene que ser clásico ni solemne. También hay tiempo para sentirse y consentirse y especialmente comprobarse como una pelota de letras. Buena buena.

Así vivía mi Jaloguín. Oct 20 2005

Oct 20 2005

via Biography Andres Lopez.

Así vivía mi Jaloguín. Oct 20 2005
Por Andrés López

En el año 1977 vivía en Villa Claudia, eso es de la ave. 68 para el sur, cerquita a… por allá. Datos más, datos menos, me disfracé, de tigre, tenía 6 años entonces de malas, no había presupuesto para superhéroe, entonces tocó tigre, máscara y una bata tipo Wayú con decoración de puro animal sagrado. Al entrar a la facultad de Antropología me di cuenta que fue muy bonito que mi primer disfraz oficial hubiera sido de tigre. Los niños se disfrazaban de Blanca Nieves, de Picapiedras, de brujas, y un disfraz que me impactó: el de Kalimán, en los años siguientes me di cuenta que todo aquel que se disfrazara de Kalimán, no importa lo que usara, se vería idéntico, un disfraz muy sencillo y con mucho efecto.

Pedíamos dulces con el canto que ahora reformaron, le editaron la parte de “rompo un vidrio y salgo a mil” y el “se le crece la nariz”, ahora los niños de las nuevas generaciones, pues la generación del “conjunto residencial” cantan algo así como “quiero paz, quiero vida, para ti”,… ¿?. ¿Cómo sucedió esto?, no quiero indagar, pero estoy seguro que hay un exceso de mostrar lados amargos y una ansiedad de censurar la picardía creyendo que eso ayuda de alguna manera. De ahí a prohibir las máscaras en un carnaval por miedo a un ataque terrorista hay un paso. Los niños actuales no son idiotas.

Salimos con unas canasticas a pedir dulces, nuestros padres nos acompañaban, los vecinos salían, y como fui criado en casa pues uno conoce a los vecinos. No faltaban los púberes traviesos que hacían pseudopandillas para robar a otros púberes sus dulces, o alguno que otro huevo lanzado en la distancia, a los niños nos respetaban nuestra rumba y el carnaval adolescente sucedía a distancia. Un señor se disfrazó de bruja y nos asustaba jugando con nosotros, fue muy divertido, llegamos con una tonelada de dulces, con mi hermana clasificamos los homogéneos y los raros los guardábamos aparte para el final, pues eran los más ricos, comimos dulces durante dos semanas hasta llegar al coma diabético, el azúcar es una ilusión de llenura, el cuerpo cree tener una energía que no tiene y pues ahí está que uno tiende a quedarse adormilado. Sobreviví.

Mi primer disfraz exigido fue al año siguiente, Hollywood hizo una versión del hombre araña que me impactó, así que exigí el disfraz, como no había marcas oficiales importadas para esa época, ni licencias o franquicias, tocó hacer visita de fábrica de sudaderas en el Restrepo, barrio famoso por sus destrezas textiles, allá me hicieron la sudadera con los cortes idénticos al vestido del hombre araña, con un carbón mi mamá y mi abuela pintaron las telarañas del traje, y la capucha roja de la sudadera la combiné con una máscara que venía entre un paquete de dulces, problema solucionado. Fui el hombre araña. Vivía en otro barrio, para esa época debido a la separación de mis padres, a mi me tocó separación setentera, la cual fue más traumática que las separaciones de los padres de generaciones más recientes, entonces, fui a parar a casa de mis abuelos en Marsella, por allá, cerca de Kennedy, volví a ver a Kalimán, yo coleccionaba los libritos de Kalimán y tenía muchos, que buen disfraz, mi hermana había pasado por campesina, gitana, y la maquillaban, para mi hermana era el contacto con las costumbres adultas, quedar llena de joyas de fantasía y ser maquillada, estaba feliz, salimos con unas coquitas de plástico con forma de calabaza de Halloween y salimos de casa en casa, con nuestros vecinos, en la actualidad uno no sabe ni quien vive al lado, el vecino de antaño era Don… ahora es cualquiera, un humano que no le baja el volumen al equipo. Lo mejor que pasó fue ver una fogata de llanta, ver un fuego escandaloso producido por una llanta fue impactante, quise quemar una llanta pero no pude, una vez un vecino salió a frustrar el intento.

Luego llegué a la adolescencia y en los 80s en nuestros barrios capitalinos sufrimos de pandillas, todos los barrios tenían su territorio, yo vivía en Modelia, y después en Pablo VI. Mi hermana era más popular que yo, y tenía muy buenos amigos que la invitaban a las mejores fiestas de disfraces, yo en cambio me quedaba en mi casa oyendo las noticias del frente de batalla, mi generación se batía en guerras de huevos, agua y todo tipo de porquerías en las áreas comerciales, como el Centro Comercial de Modelia y la zona de la fuente en Pablo VI Primera Etapa. No me gustaban los bonches, ni los excesos, no me llamaba la atención recibir un huevazo y tener la frustración de que eso quede impune, uno sólo, débil, impopular, uno es el blanco fácil de montadores, entonces, bueno era quedarse en casita, y los dulces, no me gustan.

Luego llegó la paz barrial, se sanó a punta de batidas del ejército. Se cargaban a todo adolescente por vagancia, se fundaron varios centros comerciales, pues Unicentro era el único y ahí se solucionó todo, los pandilleros famosos murieron en condiciones misteriosas y otros terminaron presos cuando se metieron de malosos al universo del culto al dinero fácil inexistente de las drogas y el lavado. Un amigo mío de esa época terminó preso en Milán, otro se cambió de nombre, muchos terminaron muy mal. El más famoso de aquella época fue un mito, una leyenda llamada El Pirata, estaba lleno de anécdotas, hazañas de batalla, tal cual un Cid, o un William Wallace.

Con la paz barrial llegó la universidad y empezaron las rumbas de disfraces, de las que mi hermana era experta, yo disfruté hasta mis 27 años más o menos de la primera, me disfracé de niña de colegio, yo trabajaba en La Mega y conseguir el disfraz entre mis amigas de emisora fue sencillo, lo disfruté, mi mayor ilusión, tener el disfraz idéntico a Buzz Lightyear “¡¡¡Al infinito y más allá!!!”, y llegar a la famosa rumba de disfraces de mi tocayo don Andrés Carne de Res, a la cual nunca he podido ir, en orden cronológico en mi vida han sido las siguientes razones: Desconocimiento, Falta de Carro, Falta de Presupuesto, Impopularidad, Disfraz Espectacular. Sería buenísimo, entrar a ese carnaval, por fin, yo en la rumba de Andrés de Halloween, de la mano de mi hermana, recordando cuando estábamos sentados en la sala de la casa, con mi mamá recién separada, contando los dulces que nos regalaban los vecinos a quienes conocíamos sus nombres, ella disfrazada de campesina, y yo de tigre. Ganaríamos el primer premio y me daría un abrazote con Andrés, haciendo homenaje a mi pequeña y amada victoria a lo largo de todo este tiempo de Halloween.