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Así vivía mi Jaloguín. Oct 20 2005
Por Andrés López
En
el año 1977 vivía en Villa Claudia, eso es de la ave. 68 para el sur,
cerquita a… por allá. Datos más, datos menos, me disfracé, de tigre,
tenía 6 años entonces de malas, no había presupuesto para superhéroe,
entonces tocó tigre, máscara y una bata tipo Wayú con decoración de puro
animal sagrado. Al entrar a la facultad de Antropología me di cuenta que
fue muy bonito que mi primer disfraz oficial hubiera sido de tigre. Los
niños se disfrazaban de Blanca Nieves, de Picapiedras, de brujas, y un
disfraz que me impactó: el de Kalimán, en los años siguientes me di
cuenta que todo aquel que se disfrazara de Kalimán, no importa lo que
usara, se vería idéntico, un disfraz muy sencillo y con mucho efecto.
Pedíamos dulces con el canto que ahora reformaron,
le editaron la parte de “rompo un vidrio y salgo a mil” y el “se le crece
la nariz”, ahora los niños de las nuevas generaciones, pues la generación
del “conjunto residencial” cantan algo así como “quiero paz, quiero vida,
para ti”,… ¿?. ¿Cómo sucedió esto?, no quiero indagar, pero estoy seguro
que hay un exceso de mostrar lados amargos y una ansiedad de censurar la
picardía creyendo que eso ayuda de alguna manera. De ahí a prohibir las
máscaras en un carnaval por miedo a un ataque terrorista hay un paso. Los
niños actuales no son idiotas.
Salimos con unas canasticas a pedir dulces,
nuestros padres nos acompañaban, los vecinos salían, y como fui criado en
casa pues uno conoce a los vecinos. No faltaban los púberes traviesos que
hacían pseudopandillas para robar a otros púberes sus dulces, o alguno
que otro huevo lanzado en la distancia, a los niños nos respetaban
nuestra rumba y el carnaval adolescente sucedía a distancia. Un señor se
disfrazó de bruja y nos asustaba jugando con nosotros, fue muy divertido,
llegamos con una tonelada de dulces, con mi hermana clasificamos los
homogéneos y los raros los guardábamos aparte para el final, pues eran
los más ricos, comimos dulces durante dos semanas hasta llegar al coma
diabético, el azúcar es una ilusión de llenura, el cuerpo cree tener una
energía que no tiene y pues ahí está que uno tiende a quedarse
adormilado. Sobreviví.
Mi primer disfraz exigido fue al año siguiente,
Hollywood hizo una versión del hombre araña que me impactó, así que exigí
el disfraz, como no había marcas oficiales importadas para esa época, ni
licencias o franquicias, tocó hacer visita de fábrica de sudaderas en el
Restrepo, barrio famoso por sus destrezas textiles, allá me hicieron la
sudadera con los cortes idénticos al vestido del hombre araña, con un
carbón mi mamá y mi abuela pintaron las telarañas del traje, y la capucha
roja de la sudadera la combiné con una máscara que venía entre un paquete
de dulces, problema solucionado. Fui el hombre araña. Vivía en otro
barrio, para esa época debido a la separación de mis padres, a mi me tocó
separación setentera, la cual fue más traumática que las separaciones de
los padres de generaciones más recientes, entonces, fui a parar a casa de
mis abuelos en Marsella, por allá, cerca de Kennedy, volví a ver a
Kalimán, yo coleccionaba los libritos de Kalimán y tenía muchos, que buen
disfraz, mi hermana había pasado por campesina, gitana, y la maquillaban,
para mi hermana era el contacto con las costumbres adultas, quedar llena
de joyas de fantasía y ser maquillada, estaba feliz, salimos con unas
coquitas de plástico con forma de calabaza de Halloween y salimos de casa
en casa, con nuestros vecinos, en la actualidad uno no sabe ni quien vive
al lado, el vecino de antaño era Don… ahora es cualquiera, un humano que
no le baja el volumen al equipo. Lo mejor que pasó fue ver una fogata de
llanta, ver un fuego escandaloso producido por una llanta fue impactante,
quise quemar una llanta pero no pude, una vez un vecino salió a frustrar
el intento.
Luego llegué a la adolescencia y en los 80s en
nuestros barrios capitalinos sufrimos de pandillas, todos los barrios
tenían su territorio, yo vivía en Modelia, y después en Pablo VI. Mi
hermana era más popular que yo, y tenía muy buenos amigos que la
invitaban a las mejores fiestas de disfraces, yo en cambio me quedaba en
mi casa oyendo las noticias del frente de batalla, mi generación se batía
en guerras de huevos, agua y todo tipo de porquerías en las áreas
comerciales, como el Centro Comercial de Modelia y la zona de la fuente
en Pablo VI Primera Etapa. No me gustaban los bonches, ni los excesos, no
me llamaba la atención recibir un huevazo y tener la frustración de que
eso quede impune, uno sólo, débil, impopular, uno es el blanco fácil de
montadores, entonces, bueno era quedarse en casita, y los dulces, no me
gustan.
Luego llegó la paz barrial, se sanó a punta de
batidas del ejército. Se cargaban a todo adolescente por vagancia, se
fundaron varios centros comerciales, pues Unicentro era el único y ahí se
solucionó todo, los pandilleros famosos murieron en condiciones
misteriosas y otros terminaron presos cuando se metieron de malosos al
universo del culto al dinero fácil inexistente de las drogas y el lavado.
Un amigo mío de esa época terminó preso en Milán, otro se cambió de
nombre, muchos terminaron muy mal. El más famoso de aquella época fue un
mito, una leyenda llamada El Pirata, estaba lleno de anécdotas, hazañas
de batalla, tal cual un Cid, o un William Wallace.
Con la paz barrial llegó la universidad y empezaron
las rumbas de disfraces, de las que mi hermana era experta, yo disfruté
hasta mis 27 años más o menos de la primera, me disfracé de niña de
colegio, yo trabajaba en La Mega y conseguir el disfraz entre mis amigas
de emisora fue sencillo, lo disfruté, mi mayor ilusión, tener el disfraz
idéntico a Buzz Lightyear “¡¡¡Al infinito y más allá!!!”, y llegar a la famosa rumba de
disfraces de mi tocayo don Andrés Carne de Res, a la cual nunca he podido
ir, en orden cronológico en mi vida han sido las siguientes razones:
Desconocimiento, Falta de Carro, Falta de Presupuesto, Impopularidad,
Disfraz Espectacular. Sería buenísimo, entrar a ese carnaval, por fin, yo
en la rumba de Andrés de Halloween, de la mano de mi hermana, recordando
cuando estábamos sentados en la sala de la casa, con mi mamá recién
separada, contando los dulces que nos regalaban los vecinos a quienes
conocíamos sus nombres, ella disfrazada de campesina, y yo de tigre.
Ganaríamos el primer premio y me daría un abrazote con Andrés, haciendo homenaje
a mi pequeña y amada victoria a lo largo de todo este tiempo de
Halloween.
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