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EL CASO DE LA PELOTA INVISIBLE
Cronopios -
Agencia de Prensa
Nota: El
siguiente artículo se tomó de la
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La pelota de letras es el público, que brinca y
rebota y se zangolotea y se escabulle intocable y vuelve contundente y
tácita, golpea el rostro, ¡pum! en el orgullo,
¡zas! al arribista, ¡tenga! al papanatas... ¡Tome pa'que lleve todo el
mundo!
La pelota de letras (recuerde que es el público)
brinca y ríe, se carcajea y se sostiene la barriga de tanto juajuajuá:
dos horas largas y vertiginosas de un ping-pong donde en el escenario se
bota la pelota y en las butacas rebota la risotada como en un toma y daca
de combustible bumeránico para un pueblo ostensiblemente necesitado de reír.
Si usted va a comprar ahora unas boletas para
ver La pelota de letras en el Teatro Nacional La Castellana, de Bogotá (a
40 mil pesos cada una), le dirán que hasta dentro de un par de meses las
localidades estarán agotadas. Y si se tiene en cuenta que lleva ya mucho
tiempo en cartelera, no hay de otra sino preguntarse a qué se debe
semejante éxito de una obra frívola y facilista como se supone que son
esos engendros taquilleros que se montan para descrestar calentanos.
Pues en el caso concreto de La pelota de
letras... ¡Oh, sorpresa! Más acá de lo trivial fulgura lo inteligente,
más allá de lo taquillero está el sustento integral de un excelente
comediante apoyado en un guión cuidadoso que no cae jamás en lo ramplón
ni se apoya en el lugar común, aunque muchos lo supongan o sostengan.
Andrés López, su artífice, está hecho desde
antes de salir al escenario. Como de boca en boca se sabe en la ciudad
que su obra es una sola carcajada, desde el instante en que se abre el
telón y sube el humo seco ya la gente está muerta de la risa... ¡y
aplaudiendo! Nosotros, los escépticos, los criticones de las ligerezas,
quietos en la butaca a ver de qué bobadas va a reírse el público. Y
pronto, para qué negarlo, estamos en las mismas: el hombre se las ha
ingeniado para hacer crítica profunda aunque parezca elemental y cándida,
a esta sociedad de arribistas y borregos donde está claro que cada
adolescente es empujado a sentirse por los menos de dos estratos más que
su familia porque en el vertiginoso avance de la ciencia y la tecnología
se ha impuesto la apariencia sobre la sapiencia. Generaciones vacías que
van desde la W hasta la Z sin avergonzarse de su medianía, pasando
impunemente del útero al sepulcro sin inaugurar el cerebro, sin celebrar
la existencia del espíritu. Todos contra todos: los hijos odian a los
padres, los padres se preguntan si esos monstruos indeseables son sus
hijos, y todo sostenido en un perspicaz libreto donde la palabra y el
proceso de los modismos como metamorfosis de la lengua es lo primero. Sutil
sociólogo del verbo es este sorprendente histrión que sabe lo que hace.
Y como el pueblo necesita reír, al que no quiere
caldo se le dan tres tazas: crítica directa y contundente que le hace
carcajear pero no le sonroja, porque cada cual para escamotear su
insuficiencia se cree de mejor familia; recorrido mordaz por una patria
boba que más se emboba cada día, y una lección dialéctica para aprender a
llamar pan al pan y al vino vino. No todo en el teatro tiene que ser
clásico ni solemne. También hay tiempo para sentirse y consentirse y
especialmente comprobarse como una pelota de letras. Buena buena.
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